Las pruebas para el nivel intelectual han entrado ahora en la práctica clínica en la edad del desarrollo, especialmente cuando la evaluación de un niño o adolescente se refiere a los aspectos cognitivos.

Un ejemplo típico es el de los trastornos específicos del aprendizaje: las evaluaciones diagnósticas incluyen, entre otros criterios, la exclusión de la presencia de un déficit intelectual; para este propósito, la práctica prevé el uso de pruebas para el IQ (IQ), generalmente multicomponenciales como WISC-IV. Esta prueba se basa en el llamado modelo CHC para medir las habilidades cognitivas restringido e grande.

El modelo CHC prevé 3 capas jerárquicas: en la parte superior está el factor g, al que podríamos referirnos cuando hablamos de la inteligencia global de la persona, el que presumiblemente debería resultar de la medición de la QI; en el nivel intermedio debería haber algunos factores menos generales pero aún amplios (por ejemplo, inteligencia fluida, inteligencia cristalizada, laaprendizaje y percepción visual); en el nivel más bajo, debería haber habilidades más específicas (por ejemplo, exploración espacial, codificación fonética).


El WISC-IV, al igual que otras pruebas, se centra principalmente en las dos capas más altas: el factor g (de ahí el coeficiente intelectual) y los factores ampliados de la segunda capa (por ejemplo, el comprensión verbal, la razonamiento visual-perceptual, la memoria de trabajo y velocidad de procesamiento).

Sin embargo, en muchos casos, el coeficiente intelectual no parece ser interpretable debido a las grandes discrepancias entre las distintas puntuaciones obtenidas dentro del WISC-IV; este es el caso de los trastornos específicos del aprendizaje (DSA): según algunas estimaciones, en un 50% el perfil intelectual mostraría discrepancias que hacen que el coeficiente intelectual sea un número sin sentido. En estas circunstancias, los psicólogos que realizan este tipo de evaluaciones tienden a detenerse más en los factores de la segunda capa, analizando las fortalezas y debilidades.

En toda esta charla, a menudo se pasan por alto algunos aspectos:

  • ¿Cuánto es el nivel intelectual (QI) es globalmente asociado con dificultades académicas?
  • Cuanto yo factores de la segunda capa, que generalmente se miden mediante pruebas de CI multicomponente, son predictores del rendimiento académico?

En 2018, Zaboski[] y sus colegas intentaron responder a esta pregunta revisando las investigaciones publicadas sobre este tema de 1988 a 2015. Específicamente, analizaron estudios en los que se evaluó el nivel intelectual con escalas multicomponenciales para que el coeficiente intelectual y otros los factores estaban relacionados con el aprendizaje escolar. En particular, además de la QI, la investigación que tuvo en cuenta fue seleccionada razonamiento fluido, Información general (al que también podríamos referirnos como inteligencia cristalizada), memoria a largo plazo, procesamiento visual, procesamiento auditivo, memoria a corto plazo, velocidad de procesamiento.

¿Qué han encontrado los investigadores?

La mayoría de las habilidades ampliadas podrían explicar menos del 10% del rendimiento académico. e nunca más del 20%, independientemente de la edad considerada (durante un período de tiempo comprendido entre los 6 y los 19 años). En lugar, el coeficiente intelectual explicaría en promedio el 54% del rendimiento académico (desde un mínimo del 41% para lectura a la edad de 6 a 8 años, hasta un máximo del 60% para habilidades matemáticas básicas, nuevamente a la edad de 6 a 8 años).

Entre las habilidades ampliadas, elInformación general parece ser el más estrechamente relacionado con algunos aprendizajes escolares, en particular con las habilidades de lectura y comprensión de textos; en ambos casos la varianza explicada es del 20%.

En cambio, es interesante notar las escasas correlaciones entre la razonamiento fluido y casi todo el aprendizaje escolar evaluado en este metaanálisis. Las únicas excepciones son las habilidades aritméticas básicas en el grupo de edad de 9 a 13 años (se explica la variación del 11%) y las habilidades de resolución de problemas matemáticos en el grupo de edad de 14 a 19 años (se explica la variación del 11%).

Estos datos requieren una reflexión sobre el uso de pruebas monocomponentes como las Matrices Progresivas de Raven (que todavía hoy se utilizan a menudo como la única prueba cognitiva en muchas evaluaciones de diagnóstico) que se centran únicamente en el razonamiento fluido.

La presencia casi exclusiva de relaciones débiles entre las habilidades ampliadas del modelo CHC y el aprendizaje escolar, sugiere cautela al interpretar y hacer predicciones basadas en estos indicadores (por ejemplo, en el rendimiento académico o en la posible presencia de discapacidades de aprendizaje).

En resumen, según los datos de esta investigación, la puntuación total de las escalas intelectuales multicomponenciales, es decir, el CI, parece ser el único dato fuertemente conectado con el rendimiento académico.

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